martes, 28 de octubre de 2014

No hay de qué

La tilde diacrítica se usa en ciertas palabras para diferenciar sus formas átonas y tónicas. Es lo que sucede con qué, cuál, quién, cómo, cuán, cuánto, cuándo, dónde y adónde.
Este tipo de tilde es excepcional (es decir, no se atiene a las normas generales de acentuación del español) y se utiliza en estos casos para diferenciar entre los interrogativos y exclamativos tónicos y las conjunciones y los relativos átonos. ¡Qué lío! ¿A quién se le habrá ocurrido esto?

Se trata de armarse de valor e ir practicando con paciencia los casos en los que debemos usar esta tilde. Un ejemplo interesante es el de las expresiones que incluyen estas palabras con su correspondiente tilde diacrítica. No son muchas pero las usamos con cierta frecuencia. 

Muchos de nosotros pensamos en el qué dirán y nos da no sé qué escribir por el temor a cometer una falta de ortografía. Hay también algunos, a cuál más atrevido, que no “le dan mente a nada”. Quién sabe, a lo mejor no debemos preocuparnos tanto por escribir mal. Qué va, dirán otros, ellos no son quiénes para decirnos cómo tenemos que escribir. No sé cuántas veces he oído la misma cantaleta. No sé a quién se le ocurrió eso de seguir la ortografía, unas reglas del año no sé cuántos


Generalmente los que así opinan son los que peor escriben. Mira por dónde, no estoy de acuerdo con ellos. Escribir correctamente es difícil pero demuestra formación, interés y cultura. Algunos no les prestarán atención a estos consejos pero muchos los agradecerán. No hay de qué

Mientras tanto

¿Quién no anda pegado en estos días a un celular o a un móvil, o como quiera que se llamen esos aparatejos que tanto nos facilitan y complican la vida? Entono el mea culpa  y reconozco que cada día soy un poco más dependiente de ellos, aunque me resista. Ya no son solo las llamadas.

Ahora que hemos dejado los mensajes de texto un poco atrás nos aficionamos como neófitos al WhatsApp. Confieso que lo uso con frecuencia y que he tenido que aprender a usar correctamente las nuevas palabras que se relacionan con este servicio. Si nos referimos a la aplicación de mensajería instantánea en sí, debemos respetar la denominación comercial oficial de la marca, manteniendo sus características gráficas registradas: Cada vez enviamos más mensajes por WhatsApp.

Sin embargo, si queremos referirnos a los mensajes que se envían mediante este sistema podemos echar mano de wasap, sustantivo de nuevo cuño que sigue para su adaptación al español las reglas establecidas por la Ortografía de las academias de la lengua española. Como se trata de una castellanización podemos escribir la palabra en redonda y sin comillas: Me envía tantos wasaps que no me da tiempo a leerlos. Se trata de una palabra aguda terminada en un grupo consonántico por lo que no debemos ponerle tilde aunque la consonante final sea ese. Su hispanización es irreversible porque ha llegado a generar un verbo derivado utilizando los mecanismos regulares del español para la derivación: Nos pasamos el día wasapeando.


Las academias de la lengua tendrán que plantearse la inclusión, o no, de estas recién llegadas en los diccionarios académicos estudiando si su uso se impone, se generaliza y se mantiene entre los hablantes. Otros diccionarios de uso tal vez las incluyan antes. Mientras tanto los que las usamos tenemos que saber cómo se escriben correctamente.

martes, 7 de octubre de 2014

Tierra de palabras y vino

Parafraseando a Joaquín Sabina, "no soy un fulano con la lágrima fácil", pero tengo la 
particularidad de que no son las penas y las tristezas, que las hay y a veces grandes, las que me 
provocan el llanto. 
En mi caso suele ser la emoción. Así me sucedió durante mi visita a Castilla y a La Rioja con 
ocasión de mi participacion en el VI Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica para 
hablar del Diccionario del español dominicano. 














En este particular camino de la lengua quedé extasiada ante la impresionante arquitectura
de la catedral de Burgos; a la vuelta de la esquina me encontré con una tarja que
recordaba que en esa casa estuvieron los talleres de Fadrique de Basilea de donde
salió la primera edición de La Celestina. 



Me emocionó estar tan cerca del lugar
de nacimiento de una obra
 extraordinaria de la literatura en español.

Ya en San Millán de la Cogolla subí al monasterio de Suso,
pequeño y humilde en sus formas  y gigante en su significado
porque los hombres que lo habitaron balbucearon por
primera vez la lengua española en sus copias. El guardés del
monasterio nos recibió, como lo harían los juglares, con unos
versos de Gonzalo de Berceo, su paisano, nacido en 1197
y primer poeta conocido en lengua española. Cuando crucé
el umbral de piedra se me nublaron los ojos y la emoción
me acompañó durante toda la visita.



El tercer momento emocionante, y para que vean que no todo
son libros, lo viví delante de un plato de pochas (lo que para
nosotros serían unas habichuelitas blancas) y una copa de rioja
en un pequeño restaurante llamado La cocina de Ramón en Logroño;
no  podía ser menos en una tierra de buen 
yantar y con nombre de vino. 

martes, 30 de septiembre de 2014

Llenando las árganas

               
Una apetecible cerveza con giste.
La fotografía es del excepcional Juan Ramón Peralta
Un método tradicional que sigue dando buenos frutos para ampliar nuestro vocabulario es el de anotar las palabras desconocidas que encontramos mientras leemos para más tarde buscarlas en el diccionario.

              En mi caso esas anotaciones suelen ser nocturnas. El momento no favorece la consulta inmediata así que lo más a mano es el lápiz de carbón (o el lápiz electrónico, si el formato es digital). Estos ratos de lectura producen a veces las listas de palabras más peregrinas. Si no, miren a ver qué les parece este resultado.

              ¿Qué estaría leyendo cuando anoté el sustantivo giste? Un país con buena cerveza y que sabe apreciarla debería conocer esta palabra. A mí personalmente, me gusta tomarla con su giste. Su etimología es, claro está, el alemán Gischt. Giste es el término español para referirnos a la espuma de la cerveza.
              Coloquialmente los llamamos con mucha más gracia animitas o chiribitas pero el término culto es fosfeno, palabra procedente del griego para referirse, como leemos en el DRAE, a la ‘sensación visual producida por la excitación mecánica de la retina o por una presión sobre el globo ocular’.
              En estos tiempos de calores tropicales algunos disfrutamos del aleteo de los abanicos, los manuales en este caso. El sonido de sus varillas al abrirse y cerrarse alivia casi tanto como el leve frescor que levanta su movimiento. Pocos saben, y me incluyo, que la tela o el papel que cubre el varillaje se denomina país: una acepción curiosa de una palabra muy trillada.

              Las anotaciones de mis lecturas van llenando las árganas de palabras curiosas y para todos los gustos. Quizás no vuelva a toparme con algunas de ellas; otras tal vez empezarán a serme imprescindibles.  Con todas he aprendido a mirar la realidad desde más cerca. 

martes, 23 de septiembre de 2014

Muy cerquita

              Las palabras son las unidades que mejor reconocemos en nuestra lengua. Desde que empezamos a alfabetizarnos aprendemos a escribirlas separadas por un pequeño espacio. En “Eñes” anteriores hemos tratado la peculiaridad de las locuciones, esas expresiones formadas por dos o más palabras que llegan a funcionar como una y que, a fuerza de ir juntas, nos ponen en aprietos a la hora de escribirlas. 
              El uso y el tiempo convirtieron la locución a Dios en nuestro hermoso adiós (sustituido tan a menudo por el insulso bye). La conversión de la locución en palabra compuesta no fue inmediata sino producto de un detenido proceso en el que convivieron ambas formas hasta que una de ellas le ganó la batalla a la otra en el favor de los hablantes.
              Nuestro tiempo es testigo también de la convivencia de algunas de estas formas. La ortografía académica trata de solventar nuestras dudas aconsejándonos sobre qué forma debemos preferir. En algunos casos se decanta por la grafía univerbal (en una sola palabra) por ser esta la de mayor uso entre los hablantes: me lleva a a maltraer (mejor que a mal traer); sigue la norma a rajatabla (mejor que a raja tabla); escribía a vuelapluma (mejor que a vuela pluma). En otros casos la preferencia por la grafía simple se debe a que el primer elemento suele convertirse en átono; es lo que sucede en casos como bocabajo o bocarriba. Aunque les parezca sorprendente las Academias aconsejan el cubalibre (mejor que el cuba libre).
              Estas locuciones mantuvieron su significado a pesar de los cambios en su forma. Curiosamente no les pasó lo mismo a otras tantas que trataremos en una próxima “Eñe”, porque, coloquialmente, sanseacabó (mejor que san se acabó).

              

martes, 16 de septiembre de 2014

¡Ay!, la coma


            Mucha gente hay por ahí que cree que la ortografía es solo saber cuándo poner o no una hache o elegir entre la be y la uve. Existen además, para los que no lo sepan, los signos ortográficos. Usarlos mal o no usarlos cuando son necesarios también constituye una falta de ortografía de esas que, al menos antes, los maestros rodeaban de un acusatorio círculo rojo. 
            Entre los signos de puntuación destaca, por su especial dificultad, la coma. Por experiencia propia creo que lo más acertado para mejorar nuestro manejo de la coma es ir puliendo poco a poco las situaciones en las que hay que usarla y en las que no. 
            Un contexto en el que todos los días echo en falta la coma es en las interjecciones. Estas expresiones exclamativas, formadas por una o más palabras y más frecuentes de lo que pensamos, tiñen de expresividad nuestros escritos. Conservan cierta autonomía sintáctica dentro de un texto y, por esta razón, deben escribirse delimitadas por comas. ¡Ni modo!, tendremos que aprender a usarlas.  
            Las expresiones que usamos como fórmulas de saludo o despedida se consideran interjecciones y siguen esta misma regla. Todos podemos aplicarla cada vez que escribimos un correo electrónico y lo encabezamos con un coloquial Hola, amigos o con un más formal Buenos días, señores y señoras
            ¡Ay, caray! Vaya, vaya, mira por dónde vamos buscándole la vuelta a esa coma. Un poco de práctica y, ¡eureka!, lo habremos conseguido.


Árbitro de palabras

Árbitro de palabras


              Los cambios en nuestra forma de vida nos familiarizan con nuevas palabras. Cuando los lexicográficos académicos se cercioran de que estas palabras han llegado para quedarse (o al menos eso parece) empiezan un proceso complejo para su inclusión en el DRAE.  La semana pasada hablamos de la creatividad léxica en la tecnología pero las inclusiones no se limitan a este campo.
              El DRAE del tricentenario tiene novedades para los fanáticos del beisbol (aunque para los dominicanos ya son pan comido): los americanismos jonrón, jonronero, ra y jonronear y el término de difusión general beisbolero, ra. Casi tan aplatanado como el beisbol está entre nosotros el sushi, esa especialidad japonesa que hemos adoptado gustosamente y cuyo nombre protagoniza ahora una nueva entrada en el diccionario.  Comparte el origen japonés, aunque su uso se circunscribe a los amantes de la poesía, el sustantivo haiku (o haikú). No seremos muchos los lectores de haikus pero ahora, al menos, sabemos cómo nombrarlos correctamente.
              Una de las inclusiones que más me ha sorprendido (todavía no puedo creer que sea debutante en estas lides lexicográficas) es la del humilde abrefácil. Ha merecido un artículo porque lo usamos hasta en la sopa, nunca mejor dicho.
              Desgraciadamente no todos los cambios han sido para mejor. La difusión de una concepción falsa de la belleza ha provocado que palabras como bulimia o bulímico, ca se hagan imprescindibles aunque a todos nos gustaría verlas desterradas por falta de uso.

              El nuevo DRAE incluye nuevas palabras porque se usan y se consideran correctas. Su misión no es decidir si la realidad a la que se refieren las palabras es censurable o no; su misión es la de ayudarnos a usar nuestra lengua de la forma más adecuada posible. El diccionario no se erige en censor de realidades, solo en árbitro de palabras.

martes, 2 de septiembre de 2014

Más madera

Nuestro mundo cambia, a veces aceleradamente. Estos cambios se reflejan en la lengua y hacen imprescindibles las nuevas ediciones de los diccionarios. La Real Academia suele hacerlas cada diez años.
              Cuando hablamos de una nueva edición de un diccionario lo que despierta mayor interés es la incorporación de nuevas palabras. Si la selección de palabras está bien hecha las nuevas incorporaciones nos sorprenden porque no podemos imaginar cómo no estaban incluidas en la edición anterior.
              La tecnología aporta algunas voces que se han convertido en cotidianas. Hagamos un repaso. El DRAE incorpora un artículo dedicado a salvapantallas y a sus dos acepciones: la lámina protectora de la pantalla y la imagen  que se activa cuando no usamos la computadora. Los SMS también han entrado en diccionario académico (ahora que ya casi no los usamos). También encontramos un artículo nuevo dedicado a USB  y un añadido en la entrada dedicada a memoria para acoger a las memorias USB. El blog y los blogueros han adquirido carta de naturaleza. A algunos nos gustaba la propuesta de usar el hermoso patrimonial bitácora pero debemos admitir que, al fin, usábamos siempre blog.  Así mismo se ha añadido la acepción informática de enlace (‘conjunto de caracteres que se usa como dirección para acceder a más información’) y se ha enmendado el artículo dedicado a sitio  para que incluya sitio web.

              Los omnipresentes teclados y pantallas han cambiado nuestra forma de trabajar, de comunicarnos y, en definitiva, de vivir. No es nada raro que transformen también nuestra forma de hablar y escribir y, por lo tanto, nuestros diccionarios. 

martes, 19 de agosto de 2014

Palo si boga...

Una entrada es el texto que el diccionario dedica a cada palabra y en el que se incluye toda la información gramatical y de uso y, por descontado, la definición de las acepciones. Hay entradas de los más diversos tamaños. Buscando ejemplos de entradas copiosas en el Diccionario del español dominicano me topé con que una de las más largas es la que se le dedica al sustantivo palo. Una de las razones es que con él se han formado muchas expresiones que perviven a lo largo de los siglos.

Las de origen marinero tienen un regusto especial y nacen de la acepción de palo que designa, según el DRAE 'cada uno de los maderos que se colocan perpendicularmente a la quilla de una embarcación,  destinados a sostener las velas'. De ahí que cuando deseamos que cada palo aguante su vela pidamos que cada quien asuma las consecuencias de sus actos. Cuando un navío navegaba a palo seco lo hacía con las velas recogidas. Por eso quien pasa el día a palo seco lo hace sin comer ni beber y quien come a palo seco lo hace sin beber.
Otra acepción de palo es la que se refiere al ‘golpe’, generalmente propinado con un palo, de ahí su nombre. Las madres de antaño ofrecían jarabe de palo para tratar la malcriadez. En República Dominicana aludimos a la irreversibilidad de los hechos con una expresión muy nuestra: palo dado, ni Dios lo quita. Y, combinando la marinería y los golpes, hemos creado una expresiva variante de frase proverbial que, desgraciadamente, suele resultarnos muy útil: palo si boga, palo si no boga.  

martes, 12 de agosto de 2014

Gutenberg

              Las aguas del Rin nos condujeron a Maguncia (Mainz, en alemán). En un hermoso edificio cercano a su espléndida catedral románica entramos en una enorme bóveda blindada. Dentro de una urna a media luz, lejos del sol que nos había acompañado en las calles de la antigua Maguncia, resplandecen las dos primeras Biblias de 42 líneas, los dos primeros libros impresos, hermosos por sí mismos y también, y sobre todo, por lo que representan; un ambicioso proyecto hecho realidad por un hombre extraordinario que puso su talento al servicio de la humanidad.
              La biografía de Johannes Gensfleisch, conocido como Gutenberg, conserva un halo  misterioso, no así su obra. Gutenberg inventó un procedimiento de impresión con caracteres móviles que se convirtió en la idea originaria de la imprenta moderna. Gracias a dos préstamos de 800 florines instaló un taller en su casa natal y compuso el primer libro impreso de la historia; en dos columnas por página de 42 líneas cada una, de así su sobrenombre. Quedaron atrás las copias manuscritas. Había nacido el libro que nos acompaña hasta hoy. Las fuentes históricas hablan de 1455.
              El Museo Gutenberg, inaugurado en 1900 por ciudadanos de Maguncia para conmemorar el 500 aniversario de Johannes Gutenberg, reproduce su taller, sus técnicas y sus condiciones de trabajo. Desde Gutenberg a nuestros días repasamos la historia de la tipografía y del arte de los grabados, el denominado arte negro.
              Johannes Gutenberg murió el 3 de febrero de 1468. Su casa natal, el


Hof zum Gutenberg, y el taller que en ella construyó y que cambió el mundo lo sobrevivieron durante siglos. Un lugar mágico y emocionante que fue destruido, como tantos lugares y tantas vidas, durante la Segunda Guerra Mundial y cuyo recuerdo conservamos como un emocionante testimonio de nuestras heridas. 

Nuevo "Diccionario de la lengua española"

Ya tenemos fecha. El próximo 21 de octubre llegará a las librerías la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española,  simultáneamente en todo el mundo hispanohablante.
Una vez más las 21 academias de la lengua española en el mundo han aunado esfuerzos, que tratándose de un diccionario no son pocos, para que los que hablamos español tengamos una nueva edición del DRAE. Sus novedades han estado encaminadas a cumplir tres objetivos: en palabras de la RAE, enriquecer el Diccionario, modernizarlo y hacerlo más coherente.
La primera consecuencia del enriquecimiento de un diccionario,  y la más notable,  es el aumento en el número de artículos y acepciones. El diccionario es una herramienta imprescindible para consultar palabras desconocidas pero lo es, tanto o más, para saber cómo se escriben o si son correctas las que vamos incorporando cada día. Los neologismos y la actualización del léxico están detrás de los casi 6000 artículos nuevos. Pero no todo es incorporar. Se han suprimido unos 1350 artículos. El resultado supera los 93 0000 artículos, casi 5000 más que la edición de 2001. Trescientos años después su contenido se ha duplicado.
La modernización de la estructura de los artículos del DRAE, más clara y coherente, logra que la consulta gane en agilidad y nos aporte más información. 
La coherencia del nuevo DRAE es la consecuencia de su armonización ortográfica y gramatical con las últimas obras académicas panhispánicas  (la Ortografía y la Nueva gramática de la lengua española)  y con el extraordinario Diccionario de americanismos.
El diccionario por antonomasia, nuestro diccionario -porque así consideramos al DRAE-, seguirá siendo siendo un tocho (tendrá 2400 páginas) y aspiramos a que siga siendo un mataburros, dicho esto con cariño, admiración y respeto por los que se dedican a la titánica tarea de componer diccionarios.


martes, 29 de julio de 2014

Fijas y expresivas

Dice Javier Marías, novelista por el que siento predilección y académico de la RAE,  que “la manera de hablar de cada persona es tan úni­ca como nuestras huellas dactilares”. Cuántos nos olvidamos de esta verdad y hablamos y hablamos sin darnos cuenta de todo lo que decimos de nosotros mismos con cada palabra.
El cuidado en la expresión empieza por los detalles. La lengua hereda o crea con el tiempo y el uso unas expresiones fijas que adquieren un significado propio y a las que llamamos locuciones.  
Las locuciones tienen dos características que las definen y que tenemos que conocer para utilizarlas correctamente. Las palabras que las forman tienen cada una su propio significado y  en cierta manera lo abandonan  para expresar algo nuevo. Guindar los tenis no significa ‘colgar unas zapatillas deportivas’ ni  abanicar la brisa tiene nada que ver con un bateador que se echa fresco. No solo estamos cocinando cuando se nos hace tarde para ablandar habichuelas ni los policías acostados se levantan de su siesta.
Lo más característico de las locuciones es que son fijas; tienen una estructura propia que no debemos cambiar. Nuestra preocupación por las eses finales, que nos comemos a menudo, hace que estas eses aparezcan hasta donde no van. Sucede con frecuencia en las locuciones a pie y a mano. Su forma correcta exige el sustantivo en singular. Y, aunque caminemos con dos pies y usemos ambas manos, vamos a los sitios a pie (aunque cada vez menos en este territorio comanche en el que se han convertido nuestras calles) y tejemos o escribimos una carta a mano (esto suena ya casi a ficción).

Las locuciones son muy expresivas y, ortográficamente, son fijas. Respetémoslas para que puedan seguir ayudándonos a decir lo que queremos decir.

martes, 22 de julio de 2014

Hoy pongo el acento en otras cosas


Conocen mi preocupación por la ortografía. Hoy quiero poner el acento más allá.

Visité hace unos días la localidad costera de Boca de Yuma (un hermoso nombre, por cierto). A la orilla de un paisaje espectacular, con el mar Caribe y el río Yuma como protagonistas, e iluminada por la paleta inefable de sus aguas, encontré una pequeña biblioteca rural, colorida, alegre, impecable. Un pequeño tesoro luce con más brillo cuando se convierte en el centro de atención. Para mí,  entre la música estruendosa procedente de las bocinas (nuestro inevitable musicón) y el desorden al que estamos desgraciadamente tan habituados, esas pequeñas cuatro paredes representaban lo mejor que tenemos: curiosidad, ganas de aprender y un resquicio de esperanza.

Si se fijan en la fotografía son evidentes el esmero y la dedicación. Ojalá alguno de sus lectores aporte un granito de arena ortográfico y corrija alguna tilde, algún punto de más o alguna mayúscula de menos.

Del silencio que intuimos en su interior parece desprenderse una expresión de orgullo por el amor a los libros y a la lectura que, por imposible que parezca, acalla la bulla que reina en nuestras calles.


 Hermoso contraste en una tierra especialista en contrastes. El fragor del Caribe y el silencio respetuoso de la biblioteca se alían para que una lectora empedernida sienta que no todo está perdido en esta tierra nuestra.

Letra zeta

Cuando me eligieron miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, la emoción nos hizo olvidar, a don Bruno Rosario y a mí, un detalle importante. Acababa de cerrar y ya estaba llamando de nuevo para preguntar cuál era mi letra. La zeta, me contestó nuestro director. A cada académico le corresponde simbólicamente una letra del abecedario.

Mi primera reacción fue el asombro. Había dedicado mi discurso de ingreso como miembro correspondiente al primer diccionario monolingüe del español, el Tesoro de Covarrubias, que ejemplifiqué con palabras de la letra ene. Fernando Casanova, excelente columnista, me llama con cariño “letra eñe” desde que publico esta columna en Diario Libre. Pero ni la ene ni la eñe. Me correspondió el sillón zeta, vigesimonovena y última letra del abecedario español.

Busqué de inmediato quién había ocupado ese sillón antes que yo y resultó que yo era la primera letra zeta de la Academia Dominicana. Irónicamente le correspondía a una sevillana aplatanada: ni los sevillanos ni los dominicanos pronunciamos la zeta como la describen los manuales (sonido interdental fricativo sordo). Nuestro seseo (junto al del sur de la Península Ibérica, Canarias y toda Hispanoamérica) la asocia al sonido predorsal fricativo sordo.

Los lazos que me unen a esta letra han ido tomando cuerpo desde entonces. Los zumbadores aparecen por doquier, mi hija prefiere las batidas de zapote, he tenido que zanquear dominicanismos por cielo y tierra y todavía dura el zaperoco del DED. Solo espero que hoy no se les zafe un tornillo y que esta “Eñe” no vaya al zafacón.


martes, 15 de julio de 2014

Varias posibilidades

Hay secuencias de palabras que, a pesar de ser distintas en forma y significado, suenan igual en la lengua hablada y, cuando nos vemos ante la necesidad de ponerlas por escrito, su parecido nos confunde.  
La secuencia a sí mismo está formada por tres palabras: la preposición a, el pronombre reflexivo   y el adjetivo mismo. El pronombre necesita la tilde diacrítica para diferenciarse de si, conjunción condicional: Si leyera con más frecuencia se ayudaría a sí mismo. Un truco (que no tip) para ayudarnos a identificar esta expresión es la variabilidad de género y de número del adjetivo mismo. Este adjetivo debe concordar en género y número con el sujeto. Si en el ejemplo anterior nos refiriéramos a una mujer escribiríamos se ayudaría a sí misma.
Las otras dos expresiones son más difíciles de diferenciar porque comparten el significado ‘también, además’. Asimismo es un adverbio de modo que se escribe en una sola palabra. Podemos decantarnos por usar para este mismo significado la locución adverbial así mismo, compuesta por el adverbio así y por el adjetivo mismo, que permanece invariable cuando se incluye en la locución. Estas dos posibilidades sinónimas nos permiten elegir entre Así mismo (o asimismo) la consulta del diccionario es útil para mejorar nuestra escritura. 
La expresión así mismo  puede responder además al adverbio así con el significado ‘de esta manera’ (lo escribe así y se queda tan tranquilo) al que reforzamos con el adjetivo mismo (lo escribe así mismo y se queda tan tranquilo). Para ayudarnos a distinguirlo solo debemos comprobar que podemos eliminar el elemento de refuerzo mismo

Varias posibilidades para acercarnos con precisión a lo que queremos decir. Si se trata de escribirlo tenemos que ser mucho más cuidadosos. 

martes, 8 de julio de 2014

Por tierras alemanas

La Universidad de Tréveris me invitó a compartir la experiencia académica del "Diccionario del español dominicano" con alumnos y profesores llegados desde los lugares más dispares. En Tréveris (Trier en alemán), la ciudad más antigua de Alemania, dedicamos dos jornadas a hablar de historia, literatura, economía, identidad y, por supuesto, del español que hablan los dominicanos dentro y fuera de nuestras fronteras.

Encontré con satisfacción un núcleo de investigadores que, desde tan lejos y, a la vez, desde tan cerca, observan una realidad que a nosotros,  que la vivimos en primera persona,  tantas veces se nos escapa. Un grupo de personas que, por distintos motivos, se interesan por analizar, entender y explicar cómo somos y cómo nos expresamos; investigadores que han leído nuestras novelas y que han sabido extraer de ellas un conocimiento precioso; lingüistas que han recogido datos de primera mano del contacto de lenguas en la frontera o en los bateyes, que han estudiado las características del español en las letras de infinidad de merengues, y que se dedican día a día a esa actividad minuciosa, persistente y vocacional que es la investigación.

Mientras viajo en tren a lo largo de las orillas del Mosela y del Rin, flanqueadas de viñedos y castillos, me pregunto por qué la investigación está tan lejos de los jóvenes dominicanos. La respuesta, como casi siempre, está en la formación. Detrás de cada joven investigador hay un maestro de primaria, uno de secundaria y un profesor universitario que enseña a pensar, a cuestionar, a analizar, a insistir en las preguntas y a no dar por supuesta ninguna respuesta. ¿Dónde están nuestros maestros y nuestros profesores? ¿Quién los forma y quién los retribuye como es de justicia? Sin harina es imposible amasar pan.
Porta Nigra en Tréveris

martes, 1 de julio de 2014

Caminos reales y veredas

Tengo un amigo que es capaz de recrear su infancia con solo mencionar el nombre de su terruño natal (no sé si se quedará satisfecho con que su "mítica" Navas quede reducida a terruño).
Los nombres de los lugares se conocen con el  término especializado de topónimos. Basta un recorrido breve por caminos reales y veredas de esta tierra nuestra para encontrar hermosos ejemplos. Los hay de origen prerromano, como Navas, del que no tenemos la exclusividad, porque Navas las hay repartidas por toda la geografía del español. Los hay de origen indígena, como Jarabacoa, que nos traen resonancias prehispánicas que hemos sabido atesorar. Los hay creativos, como el pequeño poblado Vengan a Ver, que provocan cierta curiosidad y nos despiertan una sonrisa. Los hay que describen la naturaleza como es, o como nos gustaría que fuera: Buena Vista, Arroyo Dulce, Palo Alto o Fondo Negro. Algunos podrían ser parte de un verso clásico, como Postrer Río.
Nuestra geografía está poblada de nombres con sonoridad y poder de evocación. Desgraciadamente demasiadas veces los leemos mal escritos en la señalización vial. La flamante autovía del Este es un ejemplo lamentable. Vemos al  hermoso Higüey sin su diéresis una y otra vez; las tildes de Bayahíbe y Macorís brillan por su ausencia. ¿Tan difícil era revisar la ortografía de un puñado de palabras?



Cuando aprendemos a escribir sentimos orgullo al perfilar las letras que componen nuestro nombre. Saber cómo nos llamamos y cómo se llama nuestra tierra es una muestra de formación y de respeto por lo nuestro. Los topónimos nos hablan de tradición, de historia y del paso del tiempo; en definitiva, hablan de nosotros.

miércoles, 25 de junio de 2014

Ternura y grandeza

              Nuestra lengua nunca nos defrauda cuando nos acercamos a ella con curiosidad. Su riqueza y su variedad lucen a poco que profundicemos, especialmente en el vocabulario. Por razones históricas son muchas las lenguas que han aportado palabras al español. Estos hallazgos nos sorprenden hasta en las voces más cotidianas. ¿Han pensado en la ternura que nos provoca una palabra que consideramos tan nuestra como chichí?
              Chichí es un sustantivo, común en cuanto al género –decimos el chichí y la chichí-, con el que designamos a un bebé o a un niño de corta edad. Este el significado con el que lo usamos en el español dominicano pero no se trata de una palabra exclusiva de la República Dominicana. Se utiliza también, casi siempre con un matiz familiar y afectivo como el nuestro, en Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, México, Guatemala, Honduras y Panamá.
              Si queremos seguir indagando, encontraremos que su origen es lejano, en el tiempo y el espacio. Procede del náhuatl (lengua de la familia yutoazteca hablada en México) chichi, que significa ‘mama, teta’. De ahí que en México se refiera también a la nodriza o incluso a la abuela; y en Nicaragua al biberón.
              Pero las sorpresas no acaban aquí. Nuestra tradicional chichigua procede también del náhuatl chichihua, derivado de chichi, que significa ‘ama de cría’. Por qué extraños derroteros llega a referirse a una cometa todavía está por descubrir.

              Ni que decir tiene que chichí y chichigua, en apariencia modestas y familiares, representan un ejemplo muy tierno de la riqueza de la lengua española. Nos hablan de la riqueza de sus orígenes, de su historia, de su mestizaje y de la grandeza de los pueblos que la usan, entre los que nos encontramos nosotros. 

martes, 17 de junio de 2014

La cultura del fútbol

            Estamos metidos de lleno en el Mundial de fútbol (o futbol, que ambas grafías pueden usarse como adaptación del inglés football). Existe también la voz balompié, calco del inglés, y que forma parte del nombre del equipo de mis amores (o dolores), el Real Betis Balompié. ¿Habían escuchado alguna el sonoro adjetivo balompédico?
            El origen inglés de este deporte contribuye a que su terminología sea abundante en préstamos (más o menos adaptados). Algo similar sucede en nuestra pelota. El gol (del inglés goal) ya no podría llamarse de otra manera; de la misma forma que el jonrón (de home run) ha adquirido carta de naturaleza en nuestra lengua. Es evidente que la adaptación de ambas palabras ha sido completa y respeta las normas del español. Es lo menos que podemos pedirles a los extranjerismos.
            El peligroso saque (o tiro) de esquina es nuestra versión del corner; si optamos por castellanizarlo no debemos olvidar la tilde. Si nos pitan una falta dentro del área echemos mano del americanismo penal, mucho más sonoro que penalti, anglicismo adaptado habitual en España y, ni que decir tiene, que el puro y duro penalty. A veces un empate final obliga a que suframos, o gocemos, una emocionante tanda de penaltis. La  emoción o la decepción (según sea el resultado) no nos puede hacer olvidar la ortografía.
Toda competencia (o competición) deportiva supone dos rivales y aquí empieza el peligro de que aparezca el anglicismo versus: en español de toda la vida decimos contra o frente a.

Debemos hablar, y escribir, de fútbol con corrección. El deporte es cultura y esta condición tiene que notarse en todo lo que se relacione con él. Tenemos todo un mes por delante para disfrutar del fútbol en español. 

martes, 10 de junio de 2014

Nunca mejor dicho

             Los que nos dedicamos a la divulgación del buen uso del idioma solemos dar prioridad a la corrección de la lengua escrita y dedicamos menos atención a lo que puede mejorarse en nuestra forma de expresarnos oralmente.

            La variedad del español que usamos en la República Dominicana tiene características particulares en la pronunciación que no son consideradas errores, como el seseo o la aspiración. Sin embargo, existen errores que escuchamos en todas las áreas donde se habla español, que son considerados vulgarismos y que, como buenos hablantes,  debemos evitar. Casi siempre pensamos que nuestro problema es que nos “comemos” los sonidos pero uno de los vulgarismos más frecuentes consiste en añadir una consonante donde no la hay.

            Sucede a menudo con las palabras que comienzan por hue-. ¿Quién no ha dicho u oído alguna vez [güeso] por hueso, [güeco] por hueco o [güevo] por huevo? Esta adición de una consonante  suele producirse también al conjugar la segunda persona del singular pretérito de los verbos. Muchos dicen *jugastes en lugar de jugaste o *bebistes en  lugar de bebiste. Probablemente el hablante trata de asemejarla a la segunda persona del presente (juegas, bebes).

            Como reacción a la desaparición cada vez más frecuente en el lenguaje coloquial de la  -d- entre vocales muchos hablantes cometen el error de añadir una d en palabras que no la llevan: *bacalado por bacalao o *vacido por vacío. Son casos de un fenómeno que denominamos, con una de esas palabrejas que nos gustan a los lingüistas, ultracorrección. El hablante, consciente o inconscientemente, se corrige más allá de lo necesario.
           
            Una expresión cuidada (voz modulada, vocalización y buena pronunciación) habla muy bien de nosotros y nos ayuda a conseguir nuestro objetivo: que se nos entienda bien.


martes, 3 de junio de 2014

Un buen consejo

              Las palabras no pueden calificarse como mejores o peores, como más o menos elegantes. Lo que convierte en buena una palabra es que sea adecuada a lo que queremos comunicar con ella. Si acertamos en la elección de un término para expresarnos con precisión, sin duda este término puede calificarse como bueno. Si nuestras palabras se adaptan a nuestros interlocutores y a la situación en la que las estamos usando podemos calificarlas además como elegantes.

              Para nuestro lenguaje diario solemos elegir las palabras más sencillas pero muchas personas parecen entender que cuando escriben la cosa cambia. Existe la idea equivocada de que el lenguaje escrito exige palabras más rebuscadas, mientras más largas y enredadas mejor. Hay quienes llegan, como nos cuenta El libro del español correcto del Instituto Cervantes, a “inventar palabras más largas para suplantar a otras más cortas con el mismo significado”.

              Esta obra nos proporciona algunos ejemplos de este mal uso en los que muchos nos podríamos ver reflejados. Es preferible usar iniciar en lugar de inicializar; culpar en lugar de culpabilizar; actitud o postura en lugar de posicionamiento; recibir en lugar de recepcionar; aclarar en lugar de clarificar.

              El ejemplo por antonomasia es uno que no me canso de corregir. ¿Qué creerán que consiguen los que dicen *a lo interno cuando quieren decir dentro? ¿Quizás piensan que se oyen más finos o más cultos? Están equivocados. Para expresarnos con propiedad y corrección debemos evitar estas expresiones rebuscadas que, en muchas ocasiones, son también incorrectas.

              En el libro citado encontramos este consejo de Winston Churchill: “Las palabras cortas son las mejores, y las viejas palabras, cuando son cortas, son las mejores de todas”. La verdad es que somos cada día más reacios a llevarnos de consejos pero con este de Churchill podemos hacer una excepción.


martes, 27 de mayo de 2014

Metidos en harina

Comparto con muchos amigos mi pasión por las palabras. Y como en las buenas conversaciones, una palabra lleva a otra, y vamos hilvanando curiosidades y dudas que, más tarde, ya con los libros en las manos, nos toca resolver. Me decía Catana Pérez que en el Cibao suelen llamar harinita a la lluvia menuda y, puntualizaba, que la pronuncian como “jarinita”. El comentario me trasladó, por gracia del poder evocador de las palabras, a mi Andalucía natal, donde se usa este sustantivo con el mismo sentido y también con aspiración inicial.
            Como siempre que las palabras provocan mi curiosidad acudo al diccionario, a los diccionarios, para ser más exactos. Me interesa conocer los detalles de su uso y de su ortografía, tan frecuentemente relacionados con su historia, que suelen pasar desapercibidos cuando las utilizamos en nuestro día a día.

Desde el ‘polvo que resulta de la molienda del trigo o de otras semillas’, como define el DRAE la palabra harina, el ingenio popular desarrolla una hermosa metáfora. Quizás a su poca extensión de uso se deba que la acepción referida a la llovizna no se incluya el diccionario académico. Sí aparece, sin embargo, en el Diccionario del español dominicano, junto con sus derivados harinear y harineo. En el Diccionario de americanismos se incluye jarina, variante escrita con jota inicial para reproducir el sonido de la aspiración.

            También compartimos andaluces y dominicanos la aspiración. Para las palabras que en latín tenían efe inicial el español produjo dos soluciones: aspiración o supresión. La aspiración ha quedado reducida a algunas zonas, como Andalucía o el Caribe. Las palabras que escribimos con hache y pronunciamos, a veces, con aspiración proceden de palabras que en latín tenían efe inicial: harina procede del latín farina, como huir procede de fugere o hallar de afflare.


            Como habrán comprobado, para los que saben apreciar la belleza de nuestra lengua una tarde de lluvia suave y una buena conversación pueden dar mucho de sí. 

martes, 20 de mayo de 2014

Se habla español

            El Diccionario del español dominicano se bañó en las primeras aguas de mayo en la ciudad de Nueva York, recibido con cariño e interés por muchos dominicanos que se reencontraron con la lengua de su infancia y de su patria. La importancia de conocer, atesorar y valorar la identidad propia comienza a apreciarse en el mismo instante en que nos apartamos del terruño y nos enfrentamos a una sociedad y a una cultura diferente. Pero la identidad cultural adquiere un protagonismo estelar cuando nos toca integrarnos en una sociedad en la que se habla una lengua distinta a la nuestra.            
            Los dominicanos que viven y trabajan en Nueva York tienen el mérito de mantener el español y la responsabilidad de transmitírselo a sus hijos, que crecen como hablantes de inglés. El español crece como la espuma en los Estados Unidos, como lengua materna y como segunda lengua. Aumenta su prestigio y con él su número de hablantes. 
            Es habitual oír y leer español en las calles neoyorquinas. Para muestra vayan dos botones. En el estadio de pelota de los Mets la lluvia me obligó a comprar un impermeable (chubasquero, capa de agua, etc.). Cuando traté de hacer mis pinitos en inglés la dependienta, que no era latina, me preguntó en un perfecto inglés si lo que quería era un poncho. Al día siguiente, al preguntar por el postre en un restaurante, la camarera nos propuso el clásico brownie y un extraordinario tresleches que, dicho en un español un tanto tortugueante, nos costó reconocer. 
            Hablar español, y sobre todo, hablarlo y escribirlo con corrección, se han convertido en un valor en alza en una ciudad en la que ya se habla español.


lunes, 19 de mayo de 2014

Un fósil capitaleño


              Las palabras que utilizamos para nombrar lugares, los topónimos, son como pequeños grandes fósiles que atesoran entre sus letras una historia de muchos siglos. En su origen los topónimos se utilizaban para denominar a las personas que procedían del lugar. Así se transformaba en un nombre de familia, un apellido, que se heredaba de padres a hijos. Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática de la lengua española, era natural del pueblo sevillano de Lebrija, en latín Nebrissa Veneria.

              Un paso más en el camino de la lengua es el que realizó el topónimo que designa a nuestro Gascue: del nombre de un pequeño enclave en el Reino de Navarra, al norte de España, que cuenta hoy con unos veinticinco vecinos, al apellido del contador real Francisco Gascue y Olaiz, natural de este reino; de aquí a la denominación del ensanche capitaleño. La documentación histórica escrita, manejada por González Tirado en su interesante artículo sobre el tema, manifiesta una tendencia evidente al uso de Gascue. ¿Por qué entonces encontramos el tan abundante Gazcue?
             

              Estos casos de vacilación ortográfica son frecuentes en los nombres de lugares y de personas. Todos podemos recordar apellidos con dobletes similares. Apunto como hipótesis que podríamos estar ante un caso de ultracorrección, que manifiesta una tendencia habitual entre los hablantes a tratar de corregir lo que creemos que decimos incorrectamente, incluso cuando no es así. Si queremos respetar la grafía tradicional, respeto del que tan necesitado está nuestra ciudad, en todos los sentidos, debemos optar por Gascue.  

martes, 13 de mayo de 2014

Un valor añadido

              La generalización de las nuevas tecnologías no debe despistarnos. Las destrezas tradicionales, como el buen manejo de la lengua, son cada día más valoradas en el mundo laboral. Un exitoso empresario británico de comercio electrónico, Charles Duncombe, asegura que un portal electrónico con faltas de ortografía puede reducir las ventas y minar peligrosamente la confianza del cliente. Aconseja a los empresarios que se responsabilicen del contenido y la expresión de lo publicado en sus páginas electrónicas para asegurarse de que sus negocios están bien representados, en la red y fuera de ella.
              Por experiencia personal sé lo difícil que resulta encontrar quien sepa escribir correctamente y muchos empresarios dominicanos han compartido conmigo esta preocupación. No hay más que darse una vuelta por las principales páginas electrónicas del ámbito dominicano. Salvo honrosas excepciones, no pasarían la prueba de un corrector de estilo básico.
              El desafío está en que la mayoría de los contenidos que transmitimos por internet tienen la palabra escrita como medio. Las nuevas tecnologías, lejos de orillarla, le han conferido a la escritura un papel protagonista. Cada vez se valora más un manejo correcto y apropiado de la herramienta milenaria del lenguaje. El mundo empresarial de hoy necesita de profesionales que manejen con solvencia la técnica y el arte de la escritura. Los que han pasado, o están pasando, por las aulas universitarias saben que los contenidos y la extensión de la formación en lengua española dejan mucho que desear, incluso para profesionales que tienen la lengua como herramienta esencial de trabajo (abogados, docentes, médicos, mercadólogos, especialistas en atención al cliente o en recursos humanos, etc.).

              La lengua española ha dejado de ser solo un conocimiento humanístico para transformarse en un valor económico y laboral en alza. ¿Estamos preparados para añadir este valor a nuestro currículo?

domingo, 11 de mayo de 2014

Cuidado con los defectos

Si de algo puede presumir nuestra lengua es de ser millonaria en palabras. Las tiene muy hermosas y todas se merecen que las usemos correctamente. El verbo adolecer está entre mis preferidos por su sonoridad. Juan de la Cruz, uno de mis poetas imprescindibles, lo usa magistralmente en su Cántico: “Pastores, los que fuerdes/ allá por las majadas al otero,/ si por ventura vierdes/ aquél que yo más quiero,/ dezidle que adolezco, peno y muero”.
Se trata de un verbo irregular que se conjuga siguiendo el modelo de agradecer (agradezco/adolezco). En estos versos el poeta lo usa en la acepción que se refiere a ‘sufrir, padecer’, de mal de amores en este caso.
En su acepción más frecuente (‘tener algún defecto’) se construye con un complemento, introducido por la preposición de, que expresa el defecto que se padece. Hay quien adolece de hipocresía, hay quien adolece de incoherencia. Hay también muchos hablantes que adolecen de desconocimiento del idioma. Adolecer no significa ‘carecer, estar falto de algo’, sino todo lo contrario.
El error es tan frecuente que basta una simple búsqueda en la red para que nos asalten gimnastas que *adolecen de agilidad y partidos que *adolecen de capacidad de conciliación. Que yo sepa ni la agilidad ni la capacidad de conciliación pueden considerarse defectos. El verbo que debió elegirse en estos casos es carecer, que sí expresa el significado de ‘tener falta de algo’.
Una ñapa para mis lectores: precaución con las etimologías. El verbo adolecer y las voces adolescente y adolescencia no están relacionadas, ni siquiera por su étimo. En lengua, como en tantas cosas, las apariencias también engañan.


martes, 29 de abril de 2014

Una noche lluviosa

En una lluviosa noche sevillana, hace muchos años, coincidí con el maestro Gabriel García Márquez. Nada más caer la tarde mi tía me llamó y me dijo: “Coge lo que tengas de García Márquez a mano y no faltes”. No quiso decirme nada más.
Cuando llegamos a casa de mis tíos, en medio de un aguacero primaveral, nos encontramos con el gran Gabo (siento cierto pudor al llamarlo así) y un grupo de amigos. Hablamos de lo divino y de lo humano; más de lo humano que de lo divino, de libros, de música, de comida y de toros. Entre los invitados, Chano Lobato y Juan Peña “Lebrijano”, dos extraordinarios cantaores flamencos.
Un cocido empezó a templar la madrugada y todos nos congregamos de pie alrededor de una gran mesa, como las que mi tía Lola sabe preparar. Las conversaciones se apagaron cuando Chano entonó un espléndido tango por bulerías; se silenciaron cuando Lebrijano arrancó a improvisar con un libro del colombiano entre las manos. García Márquez, el único que estaba sentado, se puso en pie y parecía querer secundarlo. Casi acabada la velada me senté junto a él y me firmó uno de sus libros. Yo no podía dejar de mirar la pluma en sus manos.
Habíamos llegado a Sevilla desde lejos movidos por una afición compartida: los toros. Al día siguiente el diestro colombiano César Rincón toreaba en la Maestranza. Desde mi asiento en el balconcillo maestrante divisé al Gabo que se sentaba en barrera. La llovizna sevillana, que no había cesado, se había convertido en un pertinaz aguacero macondiano que obligó a suspender la corrida. A lo lejos vi a García Márquez abandonar la plaza protegido por un paraguas grisáceo.

Cuando por fin asumí la muerte del colombiano universal esa imagen fue la primera que me vino a la mente. Y recordé que, como entonces, aunque el genio se alejara, siempre nos quedaría el universo literario que palabra a palabra supo construir para nosotros. 

martes, 22 de abril de 2014

Por consejo médico

              Los filólogos repetimos incansablemente la importancia del fomento de la lectura en los niños; nos resulta un poco más sorprendente que la recomendación venga de parte de un médico. Mañana celebramos el Día Internacional del Libro y quiero compartir las diez recomendaciones que la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria ha ofrecido a los padres.

      Organización: enseñar a los niños a organizar su tiempo y sus libros.
      Constancia: saber reservar un tiempo diario, precioso y relajado, para dedicarlo a la lectura.
      Elección: los padres debemos aprender a elegir los libros adecuados para cada niño.
     Atención: si aprendemos a escuchar a nuestros hijos sabremos ver en sus preguntas cuáles son sus intereses. Conocer a nuestros hijos nos ayudará a guiarlos hacia los libros que más les interesen.
   Estimulación: cualquier escusa es propicia para acercar a nuestros hijos a los libros. Si los tienen a su alcance, tarde o temprano provocarán su interés. 
      Ejemplo: los niños nos imitan si nos ven leer.
      Respeto: dejemos que nuestros hijos elijan sus lecturas.
      Propuestas: los niños no deben percibir la lectura como una obligación sino como un placer.
      Apoyo: estén a disposición de sus hijos cuando lean. Resuelvan sus dudas y estimulen su curiosidad.
      Contagio: el hábito de lectura se contagia. No renuncien a la lectura compartida; es una de las mejores experiencias de la paternidad.

              Mientras más temprana es la exposición de un niño a la lectura mejor se desarrolla su cerebro. Antes de los tres años los niños interiorizan el lenguaje y los silencios, la sonoridad y el contenido. Mis padres, no sé si por consejo facultativo, lo hicieron conmigo y funcionó; yo lo practiqué con mis hijos y también funcionó. Atrévanse a intentarlo con los suyos y se lo agradecerán siempre. 


Una lección más

El Diccionario del español dominicano nos está proporcionando muchas satisfacciones. Una de ellas la protagonizó un participante en el conversatorio que al DED le dedicamos en el Centro León en Santiago de los Caballeros.
En la tertulia final alguien se refirió a las obras que nos sirvieron para recopilar palabras. Se interesaba en saber si, además de las fuentes literarias, habíamos usado otro tipo de obras. Le preocupaba que las palabras de las jergas juveniles pudieran haber quedado excluídas del diccionario y se refirió en concreto a tro, que encontramos con frecuencia en el lenguaje juvenil coloquial y, sobre todo, en la música urbana.
Me encantó que propusiera este ejemplo porque su inclusión en el DED tiene historia. Cuando empezamos a encontrar ejemplos de su uso, sobre todo en páginas electrónicas y redes sociales, pensé por un momento que se trataba de una adaptación criolla del inglés truck. Mi reacción fue resoplar: otro anglicismo.
El sustantivo tro ( ‘gran cantidad de algo’) es una versión juvenil de un clásico: trox, troj, troje, troja. El DRAE registra una acepción que se refiere a un ‘espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y especialmente cereales’, un granero de toda la vida. En la República Dominicana, y así lo recoge el DED, se usa la variante troje para referirse a una ‘carga de caña de azúcar’. Desde sus primeras apariciones en español (Corominas la documenta por primera vez en 1190) la han usado muchos grandes escritores: Quevedo, Ercilla, Lope de Vega, Machado, Valle Inclán, Unamuno,  Miguel Hernández o Neruda.

Los jóvenes, a los que a veces tanto criticamos por su forma de hablar, nos dieron una vez más una hermosa lección de preservación de nuestro léxico tradicional: una lección de historia de la lengua.