martes, 22 de julio de 2014

Letra zeta

Cuando me eligieron miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, la emoción nos hizo olvidar, a don Bruno Rosario y a mí, un detalle importante. Acababa de cerrar y ya estaba llamando de nuevo para preguntar cuál era mi letra. La zeta, me contestó nuestro director. A cada académico le corresponde simbólicamente una letra del abecedario.

Mi primera reacción fue el asombro. Había dedicado mi discurso de ingreso como miembro correspondiente al primer diccionario monolingüe del español, el Tesoro de Covarrubias, que ejemplifiqué con palabras de la letra ene. Fernando Casanova, excelente columnista, me llama con cariño “letra eñe” desde que publico esta columna en Diario Libre. Pero ni la ene ni la eñe. Me correspondió el sillón zeta, vigesimonovena y última letra del abecedario español.

Busqué de inmediato quién había ocupado ese sillón antes que yo y resultó que yo era la primera letra zeta de la Academia Dominicana. Irónicamente le correspondía a una sevillana aplatanada: ni los sevillanos ni los dominicanos pronunciamos la zeta como la describen los manuales (sonido interdental fricativo sordo). Nuestro seseo (junto al del sur de la Península Ibérica, Canarias y toda Hispanoamérica) la asocia al sonido predorsal fricativo sordo.

Los lazos que me unen a esta letra han ido tomando cuerpo desde entonces. Los zumbadores aparecen por doquier, mi hija prefiere las batidas de zapote, he tenido que zanquear dominicanismos por cielo y tierra y todavía dura el zaperoco del DED. Solo espero que hoy no se les zafe un tornillo y que esta “Eñe” no vaya al zafacón.


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